“A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.” (1 Timoteo 6:17)

¿A algún cristiano le cabe alguna duda? Nos parece que no.

La explicación es que el Señor está en contra de la idolatría.

Aún así nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.

Jesús no escatima en bendiciones.

La capacidad de disfrutar no es mérito nuestro ni mucho menos: es una capacidad concedida por Dios, ni más ni menos.

En cuanto al mandato moral, la altivez va en contra de la humildad entendida como virtud.

En cuanto a la esperanza, es Jesucristo el que la cumple.

¿Acaso no es el dinero que va y viene?

Por eso las riquezas son inciertas.

“La gracia del Señor Jescuristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.” (2 Corintios 13:14)

De todas las epístolas paulinas, ésta es la única (sin ánimos de equivocarnos) en la que en la salutación y doxología final invoca a la Trinidad.

Es una invocación de toda la autoridad, potestad y poder de Dios.

Parece que las cosas por allí no andaban muy bien que digamos: por ello Pablo se vió obligado, casi diríamos, a invocar también al Espíritu.

Es que en materia de invocación los cristianos contamos con dos alternativas: o bien invocar el nombre de Jesús o bien invocar a la Trinidad.

La tercer alternativa es invocar a la Trinidad y a el nombre de Jesucristo como modo de declarar que él es el Hijo.

De esta manera desplegamos todo el poder de Dios ante las potestades satánicas o bien cuando declaramos, proclamamos, ordenamos o decimos algo en el Señor.

“Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.” (1 Timoteo 6:8)

El Señor no escatima al bendecirnos: de hecho, conforme a sus riquezas en gloria, es que nos provee de sustento y abrigo; en abundancia para que lo disfrutemos.

Puede parecer una contradicción, pero fíjense lo que dice parte del versículo 17 del mismo capítulo:

“…/, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.”/…

La bendición de Dios es la que enriquece y no añade tristeza con ella.

Entonces ¿son escasos el sustento y el abrigo? La respuesta es no. Y lo mejor es que podemos estar contentos lo cual equivale a sentirnos prácticamente felices.

¿Se entiende?

Lo que Dios no quiere es que pongamos los ojos en otra cosa que no sea Jesucristo: ejemplo, el dinero y las riquezas (inciertas); Jesús quiere ser nuestro Dios y no quiere que tengamos ídolos.

Por eso los cristianos que permanecemos en el Señor sabemos que nada nos faltará, que podemos contar con su providencia, la cual es abundante, y a la vez contentarnos.

Es bueno estar contentos ¿no? :)

“Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.” (Apocalipsis 3:8)

“Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra.” (Apocalipsis 3:10)

¿Estamos viviendo momentos apocalípticos?

Metafóricamente, la tierra tuvo muchos momentos apocalípticos.

La pregunta sería si éste es el momento: y aun no lo sabemos; pero percibimos en la tierra cierto aire de Apocalipsis, al menos nos parece.

Los versículos citados ut supra pertenecen al mensaje del Señor a la iglesia de Filadelfia, una iglesia fiel aunque no muy fuerte según leemos.

Pero rescatamos su fidelidad, al no negar el nombre de Jesucristo y al guardar su palabra.

Y la fidelidad tiene su premio: una promesa sin igual; ser guardados de la hora de la prueba.

Entonces surgen interrogantes como: ¿estamos listos? ¿somos fieles? ¿confesamos el nombre del Señor Jesús? ¿guardamos su palabra?

No queremos asustar a nadie con este post, pero sí llamar la atención sobre nuestra condición o estado espiritual.

¿Si el Señor viene, estoy listo, estoy lista?

Meditemos y saquemos nuestras propias conclusiones, examinándonos a nosotros mismos y sometiendo a prueba nuestra obra.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1)

Certeza y convicción.

La fe es un don de Dios.

Y si podemos gozar de fe no es mérito propio.

Tener la firmeza espiritual de esperar en el Señor tampoco es mérito del creyente: el hombre es incapaz de agradar a Dios fuera de Jesucristo, por lo que solo en él podemos agradarle; y ésto es mérito de Jesús, todo en definitiva en la vida del cristiano es mérito del Señor, por éso le rendimos todo el tributo, toda la honra, toda la alabanza, toda la adoración y toda la gloria al Rey de reyes y Señor de señores.

Ahora tener fe implica la certeza de lo que esperamos (que las promesas de Dios para su pueblo se cumplan, por ejemplo) y la convicción de lo que no vemos, pero sabemos que está; por algo la Biblia dice que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.

El universo fue creado por la palabra de Dios antes de que existiese: la pregunta sería si Dios actuó con fe… y la respuesta sería, probablemente sí.

Obramos por fe: Pablo nos manda a que todo lo que hagamos, sea de hecho o de palabra, lo hagamos en el nombre de Jesús; y ésto implica creerle a Dios, lo cual conlleva fe, una fe que se vivifica por obras y con obras.

Y sin fe es imposible agradar a Dios.

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” (1 Corintios 2:14)

Es la diferencia entre ser un hijo de Dios y no serlo: es el Señor el que nos da la capacidad de interpretar por ejemplo el sentido espiritual de su palabra.

Al darle vida espiritual al hombre luego de la conversión, el mismo queda habilitado espiritualmente para interactuar con Dios y para concretar su voluntad.

Es el Espíritu Santo el que nos da discernimiento para percibir sus cosas y a la vez la capacidad intelectual para entenderlas.

Es la diferencia entre Adán y Jesucristo: el primero alma viviente, el segundo espíritu vivificante.

La conversión implica un cambio de naturaleza: cruficificar al viejo hombre (Adán) y renacer con el nuevo (Jesucristo).

Y la experiencia de la conversión no es mística, es espiritual.

Y el inconverso al no renacer, no posee literalmente la percepción espiritual que nos otorga el Espíritu.

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